lunes, junio 17

Marta Flich y el empoderamiento de Jenni Hermoso renuevan un poco una Nochevieja que no cambia | Televisión

Todo cambia, nos hemos acostumbrado a la incertidumbre, no sabemos si el suelo que pisamos en 2023 va a seguir siendo firme en 2024, pero una de las pocas cosas que nunca cambian es la Nochevieja de la tele convencional. Podrían leer cualquiera de mis crónicas de esta noche del último lustro y serviría para la de ahora. No lo digo como crítica: celebro que haya algo sólido y previsible entre tanto desmoronamiento, pero nos lo pone muy difícil a los que tenemos que escribir sobre esta noche clónica, forzados cada 31 de diciembre a encontrar las siete diferencias. Vamos a ello.

Carlos del Amor se ha ganado un puesto de honor en la tradición con su resumen del año, que hace las veces de la misa del gallo anticipada, lo cual está muy bien, porque así nos quitamos los sacramentos antes de cenar y podemos ir al despiporre absueltos y libres de pecado. Este año fue Lola Herrera quien ofició desde una biblioteca, en un sermón que me pareció menos moralista que otros años, aunque de cadencia parecida: el 2023 desfilaba ante nuestros ojos como la vida ante los de los moribundos. El espíritu festivo de la noche estuvo a punto de apagarse del todo cuando Herrera citó a Luis Mateo Díez, premio Cervantes: “La vida es incómoda, hagamos que merezca la pena”. Se dirigió entonces a la actriz a la gente sin corazón, y les dijo, evocando a María Jiménez: “Se acabó”. Me hice ilusiones de que el programa terminase ahí, pero dio paso a Amaral, que hizo una versión magnífica y delicada de la canción, levantando un espectáculo que parecía sepultado.

Ya había empezado la Nochevieja en el resto de canales. En La Sexta, el Leo Harlem de las navidades pasadas contaba sus monólogos más clásicos en un especial de El club de la comedia. Hubo un tiempo en que a España entera le gustaba ese programa. Puede que haya gente que aún le guste, quién sabe. Yo estuve a punto de volver a Lola Herrera, pero Antena 3 ya había puesto en marcha su zapeo, con Roberto Leal y Eva González, perfectamente maqueados (él de esmoking, ella de rojo), y las estrellas de Atresmedia bailando y meneando el bullarengue, en El hormiguero y más allá. Mientras, en Cuatro, Carlos Sobera hacía de alcahuete para los freaks que esperan encontrar pareja en el tiempo de descuento del año en First Dates.

Todo se confabulaba para acabar en los brazos familiares y atemporales de José Mota, que metió en la peluquería a Milei y a Trump. Fue lo primero inteligente que apareció por la pantalla: un chiste sobre las pelambreras de la ultraderecha. Un apunte perspicaz del maestro del humor blanco. En esta noche tan nívea y banal, hasta el humor de Mota viene cargado de vitriolo.

Como soy viejoven (o eso me creo), me vi en la obligación de cambiar a La 2 y echarle un ojo a Cachitos. Fue un error, como tantas otras cosas en Nochevieja. Cuando la ironía se convierte en mainstream y se vuelve previsible, se disfruta menos. La imitación de la gala casposa que hicieron se pareció demasiado a una gala casposa. Creo que tanto La Maña como Fernando Esteso han aparecido más veces en televisión como parodias de sí mismos que como ellos mismos. Cachitos está tan asentado que pide a gritos una parodia de su parodia.

Reflexiones vinagrosas al margen, el karaoke de Cachitos dejó el ambiente calentito para las campanadas, ese momento de quiebre en el que la Nochevieja se permitió innovar un poquito. No lo hizo en La Sexta, donde Dani Mateo y Cristina Pardo (él de azul marino y negro y ella de rojo) repitieron chistes, aunque sin agredir a la multitud de la plaza como el año pasado. Esta vez, en lugar de megáfono, les tiraron unos globos en forma de racimo de uvas.

Tampoco hubo innovación en Antena 3, donde Pedroche se puso hidropónica y biodegradable con un vestido de Paula Ulargui, con un Alberto Chicote al lado que volvió a ser comparsa, bien cómodo en su papel de decorado.

Lo de TVE fue retroinnovación. Ramón García encarnó la eternidad del espíritu de la Nochevieja, arriesgando con una chaqueta rosa que fue cubierta por la consabida capa castellana. A su lado, Ana Mena se postuló como nueva Pedroche, con un vestido que no tenía aspecto de biodegradable, pero dejaba ver más que el de Antena 3. No faltó Jenni Hermoso (altísima, haciendo que sus compañeros parecieran títeres), a cuyo cargo corrió el sermón de las campanadas. Era su misión, vino Jenni a hablarnos de empoderamiento, y bien hablado estuvo.

Los más innovadores fueron los de Telecinco (la mitad de Mediaset: la otra media, Cuatro, siguió con los de First Dates), que se largaron a Sevilla con una Marta Flich racialísima, con vestido fuscia y un mantón de Manila que no solo eclipsó la muy vetusta capa de Ramón, sino los alardes de hada del bosque de Pedroche. A su lado, Jesús Calleja era tan mueble como Chicote. Sólo le deslució el escenario. No porque Sevilla y su Plaza Nueva sean poca cosa, sino porque estamos muy hechos a la Puerta del Sol y Flich merece coronarse en La Meca de la Nochevieja. De momento, reina en la periferia, desde donde amenaza el reinado de Pedroche y Ramón.

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