sábado, diciembre 2

La guerra en Oriente Próximo enciende una batalla cultural sobre la libertad de expresión | Internacional

Todo empieza con un chiste, en vísperas de Halloween. En el programa dominical de humor en la cadena pública francesa France Inter hablan de disfraces idóneos para asustar. Uno de los humoristas, Guillaume Meurice, dice: “Está el disfraz de Netanyahu, que no va mal para dar miedo. Sabéis quién es, ¿no? Una especie de nazi, pero sin prepucio”.

Que Meurice comparase al primer ministro de Israel con los que perpetraron el Holocausto, y que aludiese específicamente a su carácter judío, molestó a una parte de la audiencia. Y abrió, en el país en el que en 2015 dibujantes y periodistas de Charlie Hebdo murieron asesinados por caricaturizar a Mahoma, un debate sobre los límites del humor y de la libertad de expresión.

Meurice se envolvió en la bandera del irreverente Charlie Hebdo para defenderse. “Yo soy Charlie”, reivindicó en un mensaje en la red social X (antiguo Twitter). Radio France, casa madre de France Inter, le sancionó con un aviso, y él anunció que lo recurriría a la Justicia. La directora de la emisora, Adèle van Reeth, escribió en un mensaje a la audiencia: “Para muchos, se ha sobrepasado un límite: no el del derecho, cosa que queda por establecer, sino el del respeto y el de la dignidad”.

El caso de Meurice podría ser una polémica política más si no fuese porque ocurre en un contexto particular. Primero, hubo la matanza de Hamás en Israel el 7 de octubre. Después, los bombardeos israelíes en Gaza. Y en las sociedades occidentales, una ola de actos antisemitas y, en paralelo, una multiplicación de las denuncias por censura a expresiones de apoyo a los palestinos.

La guerra en Oriente Próximo ha desatado en Occidente una batalla ideológica o cultural. Están sobre la mesa los límites de la libertad de expresión y la protección de la crítica, pero también pesa la voluntad de evitar discursos de odio o impedir derivas violentas.

Ha habido manifestaciones propalestinas prohibidas en Europa, suspensión de actos culturales con autores palestinos y, en los campus estadounidenses, quejas por restricciones a la libertad de expresión en la crítica a Israel. Activistas en Estados Unidos han hablado de “un nuevo macartismo”, en alusión a la caza de brujas anticomunista de los años cincuenta. En Alemania, el aplazamiento de una ceremonia para entregar un premio a la autora palestina Adania Shibli en la feria del libro de Fráncfort llevó a centenares de escritores, entre ellos varios premios Nobel, a proclamar en una carta de protesta: “La anulación de actos culturales no es una solución”.

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Greg Lukianoff, presidente de la Fundación para los Derechos y la Expresión Individuales, comenta: “El fenómeno es bien real”. Cita las cifras actualizadas sobre restricciones a la libertad de expresión por el conflicto entre Israel y Hamás en las universidades estadounidenses: 91 casos registrados por su organización desde el 7 de octubre, frente a 44 en todo 2022.

Ahora, bien, Lukianoff sitúa el fenómeno en un contexto de restricción generalizada de la libertad de expresión en años recientes y lo que se ha dado en llamar la “cultura de la cancelación”. En su libro La cancelación de la mente americana define el término como “las campañas para conseguir que se despida a gente, se anulen invitaciones, se las expulse de las plataformas de redes sociales o las castiguen por discursos que están protegidos, o deberían estarlo, por la Primera Enmienda”. Esta es la enmienda que, en la Constitución de Estados Unidos, protege la libertad de expresión.

La alusión de Lukianoff a la Primera Enmienda señala una diferencia entre Estados Unidos y Europa, donde la libertad de expresión está en general limitada por leyes que prohíben los discursos que incitan al odio o al antisemitismo. La protección ante el antisemitismo o la apología del terrorismo fue uno de los argumentos que esgrimieron las autoridades en países como Francia y Alemania para prohibir manifestaciones propalestinas tras el ataque de Hamás, considerada una organización terrorista por EE UU y la UE. En una manifestación en París a mediados de octubre, por ejemplo, una mujer de 60 años y origen argelino decía al término de una conversación con este corresponsal: “¡Viva Hamás!”.

Sin mencionar a ningún país, el alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, señaló a principios de mes que “no se puede restringir indebidamente la participación y el debate o los comentarios críticos sobre el conflicto”. También denunció “las restricciones generales o desproporcionadas en materia de reunión, principalmente en el contexto de manifestaciones propalestinas”.

Mario Stasi, presidente de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo, señala que, en el caso francés, en todo momento se respetó la ley. El Gobierno consideró que algunas manifestaciones podían perturbar el orden público, pero después, los tribunales lo enmendaron y, ahora, periódicamente, hay protestas propalestinas. “El juego legalista ha funcionado”, dice Stasi. Sobre el chiste en France Inter, indica que, “aunque sea detestable y odioso”, no cree que sea penalmente denunciable.

Entre los argumentos que se han mencionado para suspender actos culturales o manifestaciones en países occidentales, figuran también los motivos de seguridad. “No es sorprendente”, dice Lukianoff, “teniendo en cuenta lo intensas e incluso violentas que han sido algunas protestas”. Otros, como la galería de arte Lisson en Londres, que ha aplazado una exposición del artista chino Ai Wei Wei, han alegado: “No hay lugar para debates que puedan caracterizarse como antisemitas o islamófobos”. El motivo del aplazamiento —decidido junto al artista, según un comunicado de la galería— es que Ai Wei Wei había escrito en X: “Financiera y culturalmente, y en términos de influencia en los medios de comunicación, la comunidad judía ha tenido una presencia significativa en Estados Unidos”.

“Ay, si fuese verdad que los judíos controlan los medios”, ha ironizado, en alusión al viejo bulo del antisemitismo según el cual los judíos mueven los hilos del poder, la rabina francesa Delphine Horvilleur. Hablaba en X del chiste sobre Netanyahu como “nazi sin prepucio” en France Inter. “Con o sin prepucio: yo más bien sería partidaria de circuncidar el tiempo en antena de Guillaume Meurice (y el mandato de Netanyahu, pero esto es otra cosa)”.

En una conversación con periodistas, unos días después, la rabina dijo: “Nazificar a los israelíes y, más ampliamente, a los judíos, entra de lleno en la retórica antisemita”. Sobre la reivindicación, por parte de Meurice, del espíritu de Charlie Hebdo, declaró: “Vaya cara. El espíritu Charlie es la posibilidad de reírse en todas circunstancias de cómo nuestras creencias nos impiden ser libres. Yo no tendría ningún problema con que Guillaume Meurice se riese del judaísmo, de Moisés o de cualquier relato bíblico. Pero en su caso, a través de Netanyahu, convierte a las personas sin prepucio en los nazis de hoy y les pone una nueva diana en la espalda”.

Al domingo siguiente de hacer el chiste, el humorista regresó a antena. Bromeó, con aire contrito: “Soy consciente de que he chocado a mucha gente al comparar a un fascista con un nazi”. En el archivo en Internet de la emisora, cuando se busca el audio polémico, aparece este mensaje: “Radio France ha decidido retirar este contenido”.

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